Diario Las Americas
Publicado el 01-02-2010
Palmeros “conquistan” Sarasota
• Celebraron la llegada del 2010 con puerco asado, bailando y haciendo cuentos de sus paisanos.
• Se sienten felices de haber traído lo suyo para acá y por tener “un alcalde” llamado Viti Vidal.
Por Ena Curnow
Diario Las Américas
Los palmeros no dejaron su pueblo atrás; lo trajeron consigo a Sarasota, la linda ciudad de la costa oeste del sur de la Florida donde integran un grupo considerable, no por su número (quizás sean unos cientos o un millar, no hay datos precisos) sino por el empuje, entusiasmo y deseos de forjarse una nueva vida, lo más parecida posible a la de Cuba, antes de que Fidel Castro se adueñara violentamente del poder, fecha funesta de la que este 1 de enero se cumplieron precisamente 51 años.
La llegada del 2010 fue celebrada por los palmeros de Sarasota como lo podrían haber hecho en Cuba: asando puerco (ellos le dicen macho) en púa o en caja china, un método menos trabajoso y más moderno. Y comiéndolo con congrí, tamal o yuca. Dicen los que pasaron ese día entre la milla 205 y la milla 217, que el olor a puerco asado inundaba el aire, porque precisamente en ese tramo vive la mayoría de los palmeros de Sarasota, quienes además han traído sus tradiciones, sentido de amistad y hospitalidad que los caracteriza y define.
Si esa pequeña comunidad de cubanos ha podido abrirse paso en un medio tan diferente, ha sido por actuar a la manera de Alejandro Dumas, como “todos a una” y por dejarse guiar por la sabiduría y sentido práctico de Victoriano “Viti” Vidal, “el palmero mayor” a quien de hecho todos ellos reconocen como su Alcalde, aunque nunca hayan ido a las urnas a votarlo. Viti Vidal, uno de los primeros en llegar a Sarasota a principios de los años 80, ha ayudado a muchos a establecerse allí y ha conseguido cohesionarlos como una sola familia, lo cual les ha permitido abrirse paso, algo muy difícil en un sitio donde el 73 por ciento de la población (unos 372 mil habitantes, según el Censo de 2000) es norteamericana y sólo el 7,2 % hispana. De los cubanos no hay cifras oficiales y mucho menos se sabe cuántos son oriundos o descendientes de los nacidos en Palma Soriano, la ciudad situada en el extremo oriental de la Isla y prácticamente en el centro de la Carretera Central, en las márgenes del Cauto, el río mayor del país. El municipio se extiende por 846 km² (lo que es la actual ciudad) y cuenta con una población de casi 125,000 habitantes (2005).
Viti Vidal hace poco viajó a Cuba, a ver a su padre anciano y enfermo, y aprovechó para darse una zambullida en el Cauto. Como es fanático de las fotos y el vídeo tomó imágenes de lo queda de río: porque el castrismo lo ha convertido en determinados tramos en un hilillo, por represar desproporcionadamente y a capricho su otrora enorme caudal.
De ese viaje, el hijo de Terucha (la mejor maestra de cocina cubana de Sarasota), y esposo de María, la alcaldesa o primera dama de los palmeros, trajo semillas para sembrarlas en su hogar. Cualquier trozo de terreno es bueno, piensa él. Por eso, las cañas se retuercen y reverdecen a la orilla de la piscina de su hogar, que no tiene lujos, pero sí una despensa que llega al techo. Hace unos días, Viti sacó una yuca que pesó 25 libras y también hizo realidad un viejo sueño: consiguió un pequeño trapiche para moler sus cañas y poder ofrecer guarapo fresco y frío a sus muchos amigos que lo visitan, porque viene desde Miami a saludarlo. Viti no tiene necesidad de nada de eso porque como buen negociante ha podido comprar media docena de casas, que junto a su retiro laboral le dejan lo suficiente para vivir, disfrutar y hasta darse sus pequeños gustos relacionados todos con hacer el bien y acordarse de los que quedaron en Palma Soriano, “donde la situación es terrible”, dice. Entonces no le tiembla la mano para llevarla al bolsillo o buscar ayuda en otros para socorrer a quienes lo necesitan. Si la maestra del pueblo no tiene lentes para ver, él llama a su “compay” Rodolfo para que se los consiga o a Panchito (el dueño de una pujante ponchera en el corazón de Sarasota) para que le haga llegar un pantalón y una camisa a otro. “No tienen ni zapatos”, dice Viti, quitándose el sombrero de fieltro o la gorra de pelotero de la cabeza, para alisarse el cabello, en gesto de preocupación, cuando según la ocasión habla con Rafael Turiño, otro de los palmeros jóvenes de Sarasota, o con Ismael o Mayra, de los viejos robles, como él.
Tan humanos y pintorescos como Viti Vidal son los demás miembros de su familia reducida: sus nietas pequeñas, que hablan a la par inglés y español (su mamá es norteamericana, pero aficionada al tamal en hoja, el cual el suegro prepara de maravillas, y su papá tan cubanazo como el abuelo). La reina del hogar, sin embargo, es su hija Meibol, una chica criada en EE.UU. que canta reggaeton, se viste como lo que es, una artista, y trabaja en una respetable institución, pero quien curiosamente dice que no se casa hasta que no encuentre un hombre igual a su padre, lo cual, reconoce, es muy difícil “porque como él no hay dos”.